Ensayo sobre el amor
Siempre me ha llamado la atención la palabra ensayo. Cualquier persona que dice «voy a ensayar» o «estoy ensayando» está pidiendo un espacio apartado, un lugar escondido donde prepararse o preparar algo, una declaración de aún no estar listo para mostrar lo que quiere mostrar, una forma de entrenamiento. Ensayo es una palabra bastante ligada al mundo del arte, y como en todo lo que rodea el verdadero arte, el significado pierde su sentido, o mejor dicho, este se abre para acoger diversas direcciones.
Ensayar, dentro del mundo de la danza, significa el periodo que un bailarín dedica a su obra antes del gran estreno. Este periodo suele ser un proceso escondido, de puertas cerradas, en locales lúgubres, de poca luz, camisetas rotas y pantalones de chándal antiguos. Por lo general, estos ensayos suelen ser un proceso solitario o bien únicamente abierto a quienes participan en el proceso creativo, invitados ilustres a los que les está permitido ver los fallos, las posibles correcciones, los intentos, las pruebas antes del gran estreno, ante el gran público, lleno de luces, con un vestuario bien cuidado, algún tipo de maquillaje y muy probablemente con grandes aplausos al final, independientemente de lo honestos que estos sean o dejen de serlo.
Para un escritor, sin embargo, el ensayo en sí aparece como la gran obra final, la que podemos encontrar en las bibliotecas, la que se vende en las librerías, la razón en torno a la que giran las entrevistas, la obra sobre la que se debate en algunos círculos de culto, y que en ocasiones encumbra al autor o autora como alguien digno de ser estudiado, admirado, mencionado en colectivos en los que su obra puede ser de interés.
Soy bailarín, quiero dejar esto claro. Todo lo que se escriba en estas páginas son ensayos en la más pura esencia de la palabra: son fracasos, intentos, muestras a puerta cerrada de lo que es mi gran obra. Os utilizo, sin que lo sepáis, a los posibles lectores de estas líneas para mi propio interés. A pesar de que cuido con mimo lo que plasmo aquí, no tienen otro fin que desmoronarse, que producir semillas que ofrezcan nuevos frutos, que perder toda razón que contengan sus palabras. Mi única obra, por la que respondo, la que me importa, la dedico a los momentos en los supermercados, en cada desayuno que preparo, en los contenidos de mis pensamientos, lo que acontece en las salas de danza, en las intenciones que me mueven en cada acción, en la mirada hacia cada persona que se acerca, en el riego de las plantas, en cada conversación con cualquier amigo.
Nunca he tenido problema en mostrar las ruinas en estos espacios como son las redes sociales, en las imágenes y propaganda que se aventuran en las plazas públicas; siempre he aprovechado el rechazo que me provocaron estos lugares para depositar mis ensayos.
Sin embargo, he de reconocer también que siempre he sentido alguna debilidad y torpeza en reivindicar la riqueza y abundancia que me rodea, y hace algún tiempo ya que comencé a recibir diversas dosis de amor que me impulsan a cuidarlos con un poco más de mimo.
Cualquier persona que haya practicado un mínimo de butoh con alguna guía medio decente sabe que la leyenda de la oscuridad, el dolor, las imágenes enrevesadas y todo eso es una auténtica patraña. El butoh, el verdadero butoh, es sólo transformación, apertura, entrega a la incertidumbre; el verdadero butohka sabe que cualquier disfraz que se ponga tiene fecha de caducidad. Butoh es el caballo salvaje que corre, butohka el jinete que lo monta.
El butohka no cree ni deja de creer en los extraterrestres, es más, ni se plantea esta posibilidad; simplemente, si un día aparece uno delante, le invitará a bailar.
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«Cuando la felicidad se presenta, hay que ser valientes. Cuando esta surge, espontánea, sorpresiva, tensa, enloquecida, avasalladora, incomprensible, no hay que asustarse. Ante la felicidad no hay que palidecer, igual que ante el sufrimiento no hay que echarse a temblar».
Quien haya leído mínimamente a Quignard sabe perfectamente que Vida secreta y El amor el mar son el mismo libro. Quien haya temblado bajando las escaleras del puerto de Atrani de la primera página secretada, ha sentido la calma de los jugadores de cartas que meditan al inicio de la segunda novela. Quien se haya excitado con la historia secreta de amor entre el autor y su antigua profesora de piano, ha sentido la serenidad al cabalgar la relación entre la princesa Sibylle y su yegua Josephe.
Hay quien diría que no es comparable la historia entre dos personas y un animal y su dueño. Quiero aclarar una cosa importante para continuar: en estas líneas, amor y sexualidad no pertenecen al mismo mundo; el significado que le doy a la sexualidad es tan solo una posible forma más de expresión del amor. En otras palabras: la princesa Sibylle durante la novela monta en varias ocasiones a su yegua Josephe, pero no con un contenido sexual, sino amoroso: paseaban por los bosques de su reino convertidas en un solo cuerpo.
Como cualquier historia de amor, la narración de los momentos amables crea un clima de júbilo, conexión, gozo, intensidad y disfrute que podemos ver en ambos relatos. El lector, embriagado en su imaginario se afirma para sí mismo: “¡Si! esto es, esto es lo que estoy buscando, aquí está la respuesta a lo que yo quiero”. Y como en todas las historias, estos momentos placenteros —que al igual que ocurre con la sexualidad, no son imprescindibles para la existencia del amor— tienen fecha de caducidad. En ambas aparece de forma súbita un momento trágico para una de las partes. En ambas hay una parte de la ecuación que decide abandonar sin avisar, romper, tirar la toalla, huir, suicidarse, irse.
En Vida secreta, Quignard narra su dolor e incredulidad al ver cómo su amada profesora de piano huía en coche con su marido e hijos antes de una de sus clases sin ni siquiera volver la mirada hacia atrás para decir adiós. Por alguna razón totalmente legítima, ella eligió la vida revelada, la seguridad de lo conocido, renunció a la lucidez que su alumno le traía, dijo no a las puertas que se abrían ante la aparición de aquel nuevo ser al que no entendía por qué era incapaz de resistirse. Solo ella sabrá si logró olvidar, si se hundió junto con la cloaca en la que vivía o si tuvo el poder de transformarla para devolverla a la vida.
En El amor el mar la narración es aún más cruel: se narra cómo, sin una razón aparente, aparece poco a poco el decaimiento en el ánimo de la yegua Josephe, que acaba finalmente suicidándose al saltar por un barranco ante los ojos de la persona que le entregó su tiempo, sus paseos, su comida, su lealtad. Tengo bastantes dificultades para entender las razones humanas que llevan hacia determinadas acciones, ni me planteo abrir la puerta por ahora al mundo equino, por lo que dejaremos aquí la interpretación de esta historia.
En el primer caso, el autor continúa expresando su amor en forma de ensayo, dolor, incredulidad, cuestionamiento. En el segundo, el amor se viste de abandono, deriva, tristeza, nostalgia. El color es el mismo, aunque el jinete cabalga a diferentes velocidades.
He mentido: hay una diferencia importante para el contenido que pretendo compartir en este texto. La historia de amor del alumno y su maestra se mantuvo encerrada en un aula secreta, solo ellos dos saben lo que ocurrió, el resto de la humanidad no es testigo. Son egoístas, solo piensan en sí mismos: la profesora era dominada por una culpabilidad extrema por aquel romance, engañar a su marido, renunciar a su posición social. El alumno, por su lado, se olvidó del mundo obnubilado por la pasión y el deseo juvenil que le producía aquella mujer. La historia de la princesa y su yegua Josephe, sin embargo, ocurre a plena luz del día, delante de sus siervos, ella se niega a volver a montar a ningún otro caballo, se abandona ante los ojos de su reino hacia la muerte con lentitud.
Nunca he hablado del autor, sino de la mano que escribe. Cualquiera que haya leído estos libros está ante unas manos que se entregan en forma de letras, que se dan, que mandan al mundo a la mierda y se arrojan a vivir lo que pulsa en sus cuerpos. Da igual si el cuerpo que tienen delante es el de un ser de cuatro patas o una profesora de piano con familia: no es que huyan o se rebelen ante las reglas de la sociedad, sino que simplemente no las tienen en cuenta.
Ojalá llegue el día en el que pueda describir esto con palabras más sencillas. Trato de acercarme a lo terreno aunque no acierte aún en la búsqueda. Estoy en un ensayo abierto al público, y por lo tanto pido opinión, me abro a sugerencias de mis testigos, pido consejo sobre la música de esta escena, posibles caminos para el día de la gran obra. Esto es lo que tengo: me casé hace años con la tierra, le entregué mi amor incondicional a la naturaleza, solo a ella. Mientras mis amigos ligaban su suerte y felicidad a un nuevo amante, un trabajo que prometía alegrías o un proyecto personal que iluminaba el camino hacia el éxito, mi respuesta para mis adentros siempre era: «A mí me sostiene la tierra». Y llamo naturaleza al subconsciente, al espacio que se abre, a lo que está detrás e impulsa aquello que se ve, al movimiento que precede al movimiento, la primera semilla, al caballo desbocado que nos transporta de unos colores a otros.
Abandoné mi suerte a la suya: me dio igual todo lo demás, me juré que jamás volvería a hacer un trabajo que no quisiese, que antes que vivir una vida miserable dormiría en las calles, que prefería el fracaso estrepitoso antes que seguir sosteniendo la mierda de ficción en la que vivía. Ella me devolvió todo lo que pedí con creces: me dio casas gratuitas, trabajos en los que me pagaban por no trabajar, me entregó las fiestas y los retiros que necesitaba, me guió cada paso del camino con precisión, me enseñó a bailar, me concedió el abrigo con los amigos que me sostuvieron. Todo. Y como en todas las historias de amor, hay cosas que es mejor guardarse por ahora, noches que quedan escondidas bajo llave, secretos que quizás algún día puedan ver la luz.
No le he jurado nunca lealtad a ningún rostro y no tengo intención de hacerlo por ahora; quienes me han exigido propiedad saben que se la negaré de forma radical, quien me intenta agarrar la mano con fuerza sabe que me soltaré de ella de forma brusca. Simplemente camino con la mirada atenta hacia quienes pisan sobre el mismo suelo que piso, nos miramos, nos reconocemos y seguimos caminando. Y aquí también hay que decirlo: la lealtad, la fidelidad y el cariño surgen de forma espontánea.
Me lo dio todo, absolutamente todo, menos lo que siempre más he deseado.
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Llevaba algunas semanas esperando con cierta expectativa por ver en vivo a Ignatius Farray. Durante este verano se acercó a la ciudad en la que vivo, pero no pude acudir a ver el show; tuve la suerte de que repetiría cerca de aquí, en un teatro de Bilbao, el pasado jueves 17 de septiembre. Probablemente sea el personaje público que más he seguido en los últimos años: amo su humor, no he visto a nadie cabalgar de la forma que lo hace este hombre.
Efectivamente, me reí como nunca, no defraudó en absoluto; nos llevó a todos quienes estábamos presenciando aquello, paso a paso, faltada tras faltada, perforó con una sutilidad brutal cada forma de ideología, cada imperativo moral: políticos, familias, inmigrantes, fascistas, niños, abuelos, público y hasta él mismo; todo, absolutamente todo era digno de ser pervertido, cabalgado, con una brutalidad, un cariño y una genialidad apabullantes… todo para llevarnos a un clímax final donde, tras arrasar con todo, se iniciaba un in crescendo maravilloso junto con el público en el que todos los allí presentes acabáramos gritando «Gracias, Adolf Hitler».
No sucedió. Esa noche en Bilbao, como diría el cómico, Shiva, la diosa de la comedia, no se presentó. Por mucho que el artista se empeñase en asegurar que había ocurrido, todos los allí presentes sabíamos que algo había fallado. Él también. Muchos dirán que al final echamos un buen rato, que el genio cobraría un buen caché, y efectivamente así era. La humanidad salió victoriosa, cumplió sus objetivos, pero esa noche en aquel teatro de Bilbao no hubo flow. Ignatius salió del escenario desnudo, con sus 120 kg, su cuerpo más bien destruido y cabizbajo.
Él llevaba una hora y pico formulando de mil maneras diferentes que el humor debía recuperar el punk, que es el suelo perfecto para vomitar absolutamente todo lo que da miedo liberar, mostrar; que la sombra oculta del totalitarismo que queramos o no está presente en nuestros días, es el humor quien debe apropiarse de ella ante la cobardía de los propios fascistas de negarse —por ahora— a pronunciar en serio estas y otras palabras.
Nos planteó la posibilidad de perdonar —probablemente la forma de amor más noble y difícil de ejecutar— a Adolf Hitler. Nos ofreció regalarle una oportunidad de transformación, liberarle -y liberarnos- del asqueroso legado al que está condenado, darle un lugar diferente en el mundo. Nos invitó a cambiar el odio por una carcajada, abrazar con el humor la sombra que esta persona nos dejó sobrevolando el panorama sociopolítico y que no está, ni de lejos, resuelta.
No funcionó. Ni la mitad del público que estábamos allí, gritamos esas palabras. No estamos listos: por mucho que quisiéramos, aquel grupo de personas, más o menos todas de una ideología progresista y que llevábamos riéndonos a carcajadas de negros, madres, subnormales, gordos, sordos y ciegos, no podíamos pronunciar esas palabras. Seguimos anteponiendo la imagen individual a la dignidad colectiva.
No lo culpo, no lo juzgo, solo observo atento. No es una decisión; la reacción a ese momento, el gritar o no gritar esas palabras, obedece a un impulso, no a algo consciente. Yo tampoco grité aquellas palabras.
El amor es un fracaso para la humanidad. Todos los personajes que cabalgan sobre el amor, a los ojos de esta, caen derrotados, aniquilados, abandonados, cabizbajos, desnudos, solos, abatidos, decepcionados, pero con el rabillo del ojo abierto, bien atentos, absolutamente sin nada más que perder; todos y cada uno de ellos vuelven ante el primer indicio de cualquier otra ocasión que se presenta para, una vez más, entregarse al amor. Todos los grandes amantes insisten: ven el precipicio, saben lo que se encontrarán ahí abajo, y aun así van, se arrojan, saltan. El amor es una derrota perpetua, y sin embargo, es la única forma de vida que garantiza la felicidad.
Quiero decir, planteo la posibilidad de que el butoh se reapropie de la palabra amor, que resignifique el contenido de sus cuatro letras, las de la vuelta, fracase en el ensayo. Que la dote de un contenido digno a la magnitud de la palabra. Dejar de lado piruetas, caídas, oscuridades y demás vainas y practicar de frente a lo que siempre hizo: cabalgar sobre el amor.
Quería dar a mi historia, a este texto, a mi nombre, un toque antológico, un clímax a lo Ignatius en su show para contagiar a todo mi público a un éxtasis colectivo. Pero ni siquiera hago el intento. Me enfadé con ella, me enfadé con la tierra porque no me dio el final que deseaba. No me entregó lo que llevaba deseando desde que tuve uso de razón.
Me podría poner quejica, ser ese amante que manda todo a la mierda alegando una traición absoluta por la única noche en la que su pareja compartió cama con otro cuerpo en lugar de celebrar los cientos de veces que durmieron juntos; podría convertir este texto en una especie de terapia infinita donde el paciente rememora una y otra vez el gran defecto de su madre que le evitó encontrarse de cara con la felicidad en lugar de agradecer cada plato de comida, cada beso en la mejilla, cada mirada de ternura; podría vestirme de princesa y hacer creer a todo mi reino que dejaré de montar al amor.
No lo haré. Es verdad que no me dio lo que yo quería, que no me permitió tocar el cuerpo que anhelaba pero me acercó al amor, no me entregó el proyecto que tanto deseaba, pero me enseñó a bailar, no me dejó conversar a la luz de los días sobre lo que acontecía en las noches, pero me dejó pisar el suelo en el que seguir ensayando.
Los ombligos
Los ombligos
Se acercaba a sus profesores como el crío que le lleva un cangrejo recién cogido entre las rocas a su padre: “Mira! mira lo que he encontrado, mira papá!”. El padre mira el cubo de arena y finge una ilusión solo por un amor incondicional a su figura de padre. El niño, en función de la suerte que tuviese al nacer, sonreía porque consiguió por unos instantes la atención de su presa, o bien se le caería la baba y perdería la rigidez facial obnubilado por ese nuevo ser con tenazas que acababa de descubrir.
Así me acercaba, como diciendo, mira lo que encontré! mira lo que he aprendido a hacer. Mírame, necesito que me mires!
El ombligo es una parte del cuerpo bastante olvidada en los espacios de danza, incluso por los butohkas diría. ¿Conocemos alguien capaz de danzar con su ombligo de una forma visible? ¿Hay algún butohka capaz de desenredar el nudo que le ataron de forma brusca cuándo cayó en los brazos de su madre?
El ombligo es esa parte del cuerpo que nos recuerda que primero fue la unión. Y como todas las partes del cuerpo, esconde traumas, historias, recuerdos, pesadillas, solo que estas son un poco más difíciles de tocar. Es posible que literalmente ese hilo jamás se llegase a soltar.
Por desgracia, no había solo un niño pequeño e inocente. Necesitaba su mirada, pero no para que jugara conmigo en la arena a la luz del sol.
Hay gente que lo llama telepatía, conexión entre gemelos, juegos de la mente… y otros más imbéciles lo llaman amor. Cuando en realidad es algo mucho más obvio y evidente, incluso original, que la propia individualidad.
Hay sombras que ya jugaron con otros rostros, que tocaron tierra, que crearon mundos. Ya experimenté largo y tendido sobre esto. Descafeinado, no te voy a engañar, si pudiese dar marcha atrás, rebobinar un poco, elegiría otros rostros con quien jugar estas cartas. Probablemente jugaría contigo, donde sé que no hay filtros, que todo es válido para danzar, que el suelo es tan firme como falso.
Me dejó de gustar este juego.
Sin suelo
Alguna vez he leído algún texto de Contact Improvisación que habla sobre el parasitismo entre humanos que me hizo temblar. Sonreía, con una lamentable mueca de superioridad, lo sentía tan lejano, tan distante.
Afirmo sin dudar que sabes de lo que hablo, que me oíste entre las noches sin saber por qué, que el olvido parecía imposible cuando no había una verdadera razón, que aparecía una y otra vez sin motivo. No se acerca ni a tres millones de leguas de lo que he visto hacer a esta sanguijuela. No eres, ni de lejos, el que más veneno tragó.
Una semana después de impartir unos talleres en el festival de butoh Alma Negra (breve resumen de lo que fueron horas muy intensas):
Un jueves cualquiera recibo una invitación para el día siguiente de la única persona con quien aún no sé muy bien porque me planteé construir un mundo en común y que no veo desde hace más de un año para presenciar una pieza de danza a las 19:30.
A las 15h del día siguiente, mi madre (que no sabe ni de la existencia de esta persona) me llama desde el hospital diciendo que se encuentra mal porque hace una semana se tragó una espina y le duele la garganta, pero que no me preocupe.
Quedo a las 18:30h con un amigo para ir a ver el show.
18:25h, me llama mi madre diciéndome que la cosa está empeorando y que igual tengo que ir.
19:28h mi madre me llama de nuevo: le van a hacer una prueba para ingresarla por un posible tumor.
19:30 empieza el show
20:10 En el mismo momento que acaba el show, suena el teléfono, mi madre desquiciada me dice entre gritos que tengo que ir ya.
20:20 Me empeño en charlar un rato antes de ir al hospital con la persona que me hubiese gustado ver tranquilamente.
21h Llego al hospital, entro en la sala y lo que veo sentado en la camilla sonriendo es cualquier cosa menos lo que siempre he llamado madre, más cercano a un personaje de la jam en la que había participado apenas unos días antes que a un vulgar paciente de hospital. Intercambiamos unas palabras y en menos de una hora estábamos saliendo por la puerta del hospital para casa.
No te vas a ir de aquí, no te voy a dejar marchar. Ella siempre se pavoneaba entre las conservadoras madres de mis amigos de su modernidad, de ser la pionera en darle libertad a sus hijos. Después de treinta y siete años, vivo a menos de un kilómetro de la casa donde me crié. Se pueden hacer muchas piruetas, bailar las danzas más infames, dar tres vueltas al mundo y no dar ni un solo paso real.
¿Cómo podía ser? ¿Por qué estaba ella en todos lados? ¿Por qué no podía quitarme de la cabeza a alguien que ni siquiera me atraía? ¿Por qué soñaba con alguien a quien cada vez que me acercaba mi cuerpo me gritaba que huyese? Jugábamos el mismo juego. Nuestras sombras empalmaban como un anillo y su dedo: Yo soy bonachón, un gran alumno, un niño con ganas de jugar, me encantaba que me guiasen, la sumisión, amaba el caos. Ella era poderosa, seria, firme, buscaba la belleza de la perfección, el control, la maestría. Ella me obligó a crecer, yo la recordé que podía jugar. Nos quisimos lo suficientemente bien para no llegar a abrazarnos nunca.
No te voy a engañar, no es desde hace mucho tiempo que los textos tienen mi firma, que empecé a intuir lo que hacía. Os tuve que matar a todos. No a tí, ni a ella, ni a la otra de más allá. A una parte de mí. ¿Es posible matar sin hacer daño? He tratado de ser cuidadoso, de no violentar más de lo debido, pero no podía volver atrás, lo hice lo mejor que pude.
Ya, ya sé que las sombras se juegan, que no debo avergonzarme de nada, que me puedo pasar con la gente y por supuesto esto me ha dado lo más maravilloso que conozco. Pero aquí no especulo, no con vuestras noches, no con vuestra libertad, no de esta forma.
Ya construiré danzas con la miel que han dejado las abejas.
Tierra firme
Llevo tiempo aprendiendo a mirar con otros ojos. Reaprender a amar a mí madre, a mí profesor, a mis amigos, a poder irme de todos los hogares. Está hecho. Te necesitaba para esto, para que me guiases a la fuente, solo aquí podía hacerlo.
Acertaste también, sí, nací, parí, no sé muy bien qué, sin saber aún si estas letras son para mí o para ti, con la media sonrisa de intuir que el brindis es más para celebrar que para dañar. Pero ante la mínima duda, paso la mopa, barro el espacio, limpio el polvo, dejo vacía la sala para los próximas bailarines. Salgo de aquí sin promesas, con las manos vacías, pero esto es nuevo: por primera vez puedo estar realmente solo sí quiero por un rato, puedo ir y volver, entrar y salir de lo que era una cárcel sin oxigeno.
No me ha dado para escribir en dos mil caracteres maquillados, no me lo tengas en cuenta.
Más fiel y torpe que nunca, más agradecido y entregado que cuando estaba cerca y aunque ahora me vas a ver al otro lado de la sala, confía, aunque sea de lejos.
Un abrazo.
Breve manifiesto
La danza es mi medicina: cada vez que entro a alguna sala sonrío, y siempre salgo de ella con más vitalidad de la que llegué. No creo que jamás aporte nada diferente a lo que ya hay, cojo lo que aprendí de mil lugares y lo devuelvo, improviso en función de lo que me va apeteciendo en cada instante, es algo así como un diario viviente, y por alguna razón, esto funciona. Hay una alegría genuina dentro de mí cada vez que veo un cuerpo nuevo entrando a una sala de danza, hay una vergüenza callada cada vez que alguien me paga por acudir a mis clases. Tan solo aspiro a compartir el amor que tengo por esta práctica.
Acompañar, la terapia, es mi trabajo, donde más aporto, donde más ayudo: no hay esfuerzo alguno, me siento en mi propia casa cada vez que me encuentro cara a cara con alguien, cada mirada, cada gesto, trae consigo un mapa nítido, un manual de instrucciones exacto sobre cómo han de funcionar los siguientes pasos. Conozco los infiernos y los laberintos de la mente como si los hubiese construido yo mismo. También capto al segundo los olores de la tierra húmeda y los primeros rayos de sol que permiten manifestar las noches eternas. Mi único trabajo es convertirme en cama donde quien esté enfrente se relaje y se permita poner las siguientes baldosas en el camino, en ser espejo donde el reflejo sea tan nítido que no se pueda obviar. Hay veces que el camino es tan claro como el agua del río en calma, pero quien está enfrente se siente a gusto chapoteando y generando un oleaje de artificio. Es hora de marchar.
Escribir fue mi condena. He llorado tanto leyendo algunos libros. Escribir me hizo daño y a la vez me dio a conocer el placer extremo, algo parecido a una droga. El suelo se cae, las distancias se acortan, el estómago enferma, la realidad pierde cualquier importancia, el éxtasis revela. Afirmo sin dudar que escribiendo toqué la locura, que encontré la felicidad. Siempre pedí perdón después de escribir.
Quizás el secreto más íntimo que guardo con llave es que mi única ocupación es amar cualquier forma de vida que se presente ante mí. No hay nada como esa sensación de ligereza cuando el peso que había en tus ojos desaparece, cuando el juicio que chillaba en tu mente cae, cuando el muro es humo.
Amar es difícil.
Decía Quignard en Vida Secreta: “La vida de cada uno de nosotros no es una tentativa de amar. Es el único intento”.
Estoy lejos de amar mi escritura, quizás enamorado por momentos. Diría que este es mi rincón dentro de este nido, más como anhelo de reconciliación que proyecto literario. Huelo, saboreo, el coger un lapicero y disfrutar el volcar la tinta en el papel. Sueño escribir con la misma intención que hacer un huevo frito. No sé cómo ni cuánto, probablemente poco y desordenado, iré colocando por aquí algunos ladrillos que cubran la sangre de blancos y letras.