Los ombligos

Se acercaba a sus profesores como el crío que le lleva un cangrejo recién cogido entre las rocas a su padre: “Mira! mira lo que he encontrado, mira papá!”. El padre mira el cubo de arena y finge una ilusión solo por un amor incondicional a su figura de padre. El niño, en función de la suerte que tuviese al nacer, sonreía porque consiguió por unos instantes la atención de su presa, o bien se le caería la baba y perdería la rigidez facial obnubilado por ese nuevo ser con tenazas que acababa de descubrir.

Así me acercaba, como diciendo, mira lo que encontré! mira lo que he aprendido a hacer. Mírame, necesito que me mires!

El ombligo es una parte del cuerpo bastante olvidada en los espacios de danza, incluso por los butohkas diría. ¿Conocemos alguien capaz de danzar con su ombligo de una forma visible? ¿Hay algún butohka capaz de desenredar el nudo que le ataron de forma brusca cuándo cayó en los brazos de su madre?

El ombligo es esa parte del cuerpo que nos recuerda que primero fue la unión. Y como todas las partes del cuerpo, esconde traumas, historias, recuerdos, pesadillas, solo que estas son un poco más difíciles de tocar. Es posible que literalmente ese hilo jamás se llegase a soltar.

Por desgracia, no había solo un niño pequeño e inocente. Necesitaba su mirada, pero no para que jugara conmigo en la arena a la luz del sol.

Hay gente que lo llama telepatía, conexión entre gemelos, juegos de la mente… y otros más imbéciles lo llaman amor. Cuando en realidad es algo mucho más obvio y evidente, incluso original, que la propia individualidad.

Hay sombras que ya jugaron con otros rostros, que tocaron tierra, que crearon mundos. Ya experimenté largo y tendido sobre esto. Descafeinado, no te voy a engañar, si pudiese dar marcha atrás, rebobinar un poco, elegiría otros rostros con quien jugar estas cartas. Probablemente jugaría contigo, donde sé que no hay filtros, que todo es válido para danzar, que el suelo es tan firme como falso.

Me dejó de gustar este juego.

Sin suelo

Alguna vez he leído algún texto de Contact Improvisación que habla sobre el parasitismo entre humanos que me hizo temblar. Sonreía, con una lamentable mueca de superioridad, lo sentía tan lejano, tan distante.

Afirmo sin dudar que sabes de lo que hablo, que me oíste entre las noches sin saber por qué, que el olvido parecía imposible cuando no había una verdadera razón, que aparecía una y otra vez sin motivo. No se acerca ni a tres millones de leguas de lo que he visto hacer a esta sanguijuela. No eres, ni de lejos, el que más veneno tragó.

Una semana después de impartir unos talleres en el festival de butoh Alma Negra (breve resumen de lo que fueron horas muy intensas):

Un jueves cualquiera recibo una invitación para el día siguiente de la única persona con quien aún no sé muy bien porque me planteé construir un mundo en común y que no veo desde hace más de un año para presenciar una pieza de danza a las 19:30.

A las 15h del día siguiente, mi madre (que no sabe ni de la existencia de esta persona) me llama desde el hospital diciendo que se encuentra mal porque hace una semana se tragó una espina y le duele la garganta, pero que no me preocupe.

Quedo a las 18:30h con un amigo para ir a ver el show.

18:25h, me llama mi madre diciéndome que la cosa está empeorando y que igual tengo que ir.

19:28h mi madre me llama de nuevo: le van a hacer una prueba para ingresarla por un posible tumor.

19:30 empieza el show

20:10 En el mismo momento que acaba el show, suena el teléfono, mi madre desquiciada me dice entre gritos que tengo que ir ya.

20:20 Me empeño en charlar un rato antes de ir al hospital con la persona que me hubiese gustado ver tranquilamente.

21h Llego al hospital, entro en la sala y lo que veo sentado en la camilla sonriendo es cualquier cosa menos lo que siempre he llamado madre, más cercano a un personaje de la jam en la que había participado apenas unos días antes que a un vulgar paciente de hospital. Intercambiamos unas palabras y en menos de una hora estábamos saliendo por la puerta del hospital para casa.

No te vas a ir de aquí, no te voy a dejar marchar. Ella siempre se pavoneaba entre las conservadoras madres de mis amigos de su modernidad, de ser la pionera en darle libertad a sus hijos.  Después de treinta y siete años, vivo a menos de un kilómetro de la casa donde me crié. Se pueden hacer muchas piruetas, bailar las danzas más infames, dar tres vueltas al mundo y no dar ni un solo paso real.

¿Cómo podía ser? ¿Por qué estaba ella en todos lados? ¿Por qué no podía quitarme de la cabeza a alguien que ni siquiera me atraía? ¿Por qué soñaba con alguien a quien cada vez que me acercaba mi cuerpo me gritaba que huyese? Jugábamos el mismo juego. Nuestras sombras empalmaban como un anillo y su dedo: Yo soy bonachón, un gran alumno, un niño con ganas de jugar, me encantaba que me guiasen, la sumisión, amaba el caos. Ella era poderosa, seria, firme, buscaba la belleza de la perfección, el control, la maestría. Ella me obligó a crecer, yo la recordé que podía jugar. Nos quisimos lo suficientemente bien para no llegar a abrazarnos nunca.

No te voy a engañar, no es desde hace mucho tiempo que los textos tienen mi firma, que empecé a intuir lo que hacía. Os tuve que matar a todos. No a tí, ni a ella, ni a la otra de más allá. A una parte de mí. ¿Es posible matar sin hacer daño? He tratado de ser cuidadoso, de no violentar más de lo debido, pero no podía volver atrás, lo hice lo mejor que pude.

Ya, ya sé que las sombras se juegan, que no debo avergonzarme de nada, que me puedo pasar con la gente y por supuesto esto me ha dado lo más maravilloso que conozco. Pero aquí no especulo, no con vuestras noches, no con vuestra libertad,  no de esta forma.

Ya construiré danzas con la miel que han dejado las abejas.

Tierra firme

Llevo tiempo aprendiendo a mirar con otros ojos. Reaprender a amar a mí madre, a mí profesor, a mis amigos, a poder irme de todos los hogares. Está hecho. Te necesitaba para esto, para que me guiases a la fuente, solo aquí podía hacerlo.

Acertaste también, sí, nací, parí, no sé muy bien qué, sin saber aún si estas letras son para mí o para ti, con la media sonrisa de intuir que el brindis es más para celebrar que para dañar. Pero ante la mínima duda, paso la mopa, barro el espacio, limpio el polvo, dejo vacía la sala para los próximas bailarines. Salgo de aquí sin promesas, con las manos vacías, pero esto es nuevo: por primera vez puedo estar realmente solo sí quiero por un rato, puedo ir y volver, entrar y salir de lo que era una cárcel sin oxigeno.

No me ha dado para escribir en dos mil caracteres maquillados, no me lo tengas en cuenta.

Más fiel y torpe que nunca, más agradecido y entregado que cuando estaba cerca y aunque ahora me vas a ver al otro lado de la sala, confía, aunque sea de lejos.

Un abrazo.

La danza es mi medicina: cada vez que entro a alguna sala sonrío, y siempre salgo de ella con más vitalidad de la que llegué. No creo que jamás aporte nada diferente a lo que ya hay, cojo lo que aprendí de mil lugares y lo devuelvo, improviso en función de lo que me va apeteciendo en cada instante, es algo así como un diario viviente, y por alguna razón, esto funciona. Hay una alegría genuina dentro de mí cada vez que veo un cuerpo nuevo entrando a una sala de danza, hay una vergüenza callada cada vez que alguien me paga por acudir a mis clases. Tan solo aspiro a compartir el amor que tengo por esta práctica.

Acompañar, la terapia, es mi trabajo, donde más aporto, donde más ayudo: no hay esfuerzo alguno, me siento en mi propia casa cada vez que me encuentro cara a cara con alguien, cada mirada, cada gesto, trae consigo un mapa nítido, un manual de instrucciones exacto sobre cómo han de funcionar los siguientes pasos. Conozco los infiernos y los laberintos de la mente como si los hubiese construido yo mismo. También capto al segundo los olores de la tierra húmeda y los primeros rayos de sol que permiten manifestar las noches eternas. Mi único trabajo es convertirme en cama donde quien esté enfrente se relaje y se permita poner las siguientes baldosas en el camino, en ser espejo donde el reflejo sea tan nítido que no se pueda obviar. Hay veces que el camino es tan claro como el agua del río en calma, pero quien está enfrente se siente a gusto chapoteando y generando un oleaje de artificio. Es hora de marchar.

Escribir fue mi condena. He llorado tanto leyendo algunos libros. Escribir me hizo daño y a la vez me dio a conocer el placer extremo, algo parecido a una droga. El suelo se cae, las distancias se acortan, el estómago enferma, la realidad pierde cualquier importancia, el éxtasis revela. Afirmo sin dudar que escribiendo toqué la locura, que encontré la felicidad. Siempre pedí perdón después de escribir.

Quizás el secreto más íntimo que guardo con llave es que mi única ocupación es amar cualquier forma de vida que se presente ante mí. No hay nada como esa sensación de ligereza cuando el peso que había en tus ojos desaparece, cuando el juicio que chillaba en tu mente cae, cuando el muro es humo.

Amar es difícil.

Decía Quignard en Vida Secreta: “La vida de cada uno de nosotros no es una tentativa de amar. Es el único intento”.

Estoy lejos de amar mi escritura, quizás enamorado por momentos. Diría que este es mi rincón dentro de este nido, más como anhelo de reconciliación que proyecto literario. Huelo, saboreo, el coger un lapicero y disfrutar el volcar la tinta en el papel. Sueño escribir con la misma intención que hacer un huevo frito. No sé cómo ni cuánto, probablemente poco y desordenado, iré colocando por aquí algunos ladrillos que cubran la sangre de blancos y letras.